Descripción real e irreal de Mari Carmen

Aquella fría tarde de invierno yo no conocía aún a Mari Carmen. Es más, no conocía a ninguna de las doce personas que esperaban el autobús, en esa lúgubre parada, situada en ninguna parte. Estaba nublado, caía la noche lentamente y los rostros de los que me rodeaban se desdibujaban poco a poco entre las sombras hasta volverse prácticamente imperceptibles.

Habían pasado ya dos largas horas desde que bajé en la parada de autobús equivocada. La lluvia caía bajo la atenta mirada de la luna llena. Mi iPod se quedó sin música. Un espeluznante aullido surgió de entre las sombras y me hizo estremecer. Parecía provenir de aquella robusta silueta, apoyada sobre el mupi. En ese mismo instante, una mano apretó mi brazo con tanta fuerza que sus uñas atravesaron mi abrigo negro de paño. Conmocionada, levanté la cabeza y vi ante mí a una chica morena, con gafas, nariz respingona y mirada risueña, señalándome un pequeño sendero escondido tras los arbustos:

-Vamos a coger un atajo para llegar a Garganta la Olla, allí podremos encontrar morcillas que son mortales para Lycaon - me susurró.

Así fue como conocí a Mari Carmen. No sabía de qué me estaba hablando, pero su expresión me transmitió confianza, y no me equivoqué. Más tarde descubrí que Lycaon era un ser mitológico, el primer hombre que se convirtió en lobo, y que Garganta la Olla era un pueblo de Cáceres, a 3.000 kilómetros de donde yo creía estar.

Caminamos durante una hora por el sendero de baldosas amarillas y, finalmente, llegamos a nuestro destino. Garganta la Olla era una pequeña aldea con un fuerte olor a morcillas, allí estaríamos a salvo. Nos sentamos en un banco con unos jóvenes que charlaban tranquilamente y nos ofrecieron un vaso de ron. Teníamos la garganta seca, nos bebimos el primer vaso de un trago. Aquel brebaje nos hizo entrar en calor. Estuvimos hablando sobre series y películas freaks y comiendo pipas, pero la noche aún no había terminado…

Cuando estaba a punto de amanecer, una tenebrosa sombra se acercó hacia nosotros. Nuestros nuevos amigos se desvanecieron como el humo. Temiendo que fuera Lycaon, corrimos hacia el mesón más cercano y le pedimos a la mesera un kilo de sus morcillas más indigestas. Nos acercamos a la silueta y, sin ningún tipo de miramientos, le embutimos las morcillas en la boca. Morcillas, la gran fobia de Lycaon. Salió entonces el primer rayo de sol. Ante nosotras, tirado en el suelo, yacía lo que parecía ser un policía… pero tenía las vestiduras rasgadas y su boca rebosaba sangre… ¿Podría ser que…?

-¡Diana! – oí gritar

-¡Diana! – la voz no cesaba, y cada vez sonaba más y más cerca.

Levanté la cabeza y me descubrí sentada en un pupitre. Dirigí mi mirada hacia la parte inferior derecha del aula y allí estaba Mari Carmen, mi gran compañera de terroríficas aventuras. Eso sí, en mi mesa estaba dibujada la imagen que os adjunto a continuación y que jamás olvidaré.
Diana Verdú Cabo

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